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Imagen de un paisaje natural con montañas al fondo, árboles verdes y un cielo despejado, ideal para ilustrar temas de ecoturismo y naturaleza.
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La seguridad: el pilar de un evento exitoso

Si bien ya hemos mencionado la seguridad como un componente clave, es fundamental profundizar en su rol como el pilar indispensable sobre el cual se edifica la reputación, la viabilidad y, en última instancia, el éxito de cualquier evento de motor. La seguridad no es un departamento ni una lista de tareas que se tachan antes de la carrera; es una cultura activa y omnipresente que debe impregnar cada decisión, cada acción y cada pensamiento de la organización. Un evento puede tener los coches más espectaculares y los pilotos más famosos, pero si falla en su deber fundamental de proteger a sus participantes o a su público, el fracaso es absoluto, inmediato e irreparable. La confianza es la moneda de cambio en nuestro deporte, y se pierde en un instante si la seguridad se percibe como una ocurrencia tardía.

Este gran pilar se sostiene sobre tres vigas maestras, cada una con sus propios desafíos: la seguridad de los competidores, la del público y la del personal de organización. Para los pilotos y copilotos, la seguridad comienza mucho antes de la salida. Se manifiesta en un reglamento técnico estricto y en unas verificaciones que no dejan lugar a la duda. Durante la carrera, se traduce en tramos diseñados inteligentemente, con escapatorias naturales o artificiales en puntos críticos, y en la presencia de un equipo de rescate altamente cualificado y equipado. La famosa “célula de seguridad” de los coches modernos es inútil si no hay un equipo capaz de acceder a ella de forma rápida y segura. Por ello, la posición y preparación de los vehículos de intervención rápida (VIR) es una ciencia en sí misma.

La seguridad del público es, posiblemente, el reto más complejo por el gran número de personas involucradas y la extensión del “estadio” natural que es un rally. La estrategia aquí es doble: por un lado, la ingeniería y la planificación, y por otro, la educación. La organización debe realizar un esfuerzo titánico para identificar y delimitar zonas de espectadores que ofrezcan un equilibrio óptimo entre visibilidad y seguridad, siempre en zonas elevadas y lejos de las posibles trayectorias de un coche fuera de control. La cinta no es una barrera física, es una frontera psicológica que debe ser respetada. La segunda parte, la educación, es un trabajo constante para concienciar a los aficionados de que su colaboración es vital. A través de campañas de comunicación se debe insistir en el mensaje: “La seguridad también es tu responsabilidad”.

A menudo olvidado, el personal del evento –comisarios, cronometradores, voluntarios– también debe ser protegido. Son la primera línea de defensa y, a menudo, los más expuestos. Su seguridad depende de una formación rigurosa sobre los protocolos de actuación, del equipamiento adecuado (chalecos de alta visibilidad, radios, etc.) y de una cadena de mando clara que les permita reportar cualquier situación de riesgo sin dudarlo. Un comisario bien formado y que se siente respaldado por la organización es la herramienta de seguridad más eficaz que existe. Debe saber cómo gestionar al público, cómo actuar en caso de accidente y, sobre todo, debe tener la autoridad para detener un tramo si considera que las condiciones de seguridad no se cumplen.

En conclusión, la inversión en seguridad es, sin lugar a dudas, la inversión más inteligente y rentable que un organizador puede realizar. No es un coste, sino el cimiento sobre el que se construye la credibilidad. Una sólida reputación en materia de seguridad atrae a los mejores equipos, genera la confianza de los patrocinadores, asegura la colaboración de las autoridades y fomenta una base de aficionados leales y respetuosos. Un evento exitoso es aquel que termina con cero incidentes graves, donde la única noticia son las hazañas deportivas. Ese es el verdadero podio para cualquier organización que se precie de ser profesional.

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